-Ugarte: me odias, ¿verdad?

-Rick: si pensara en ti… Probablemente.

Joya del cine clásico que nunca caduca y que cada vez que disfrutamos otra vez de Casablanca, captamos nuevos detalles que se suman a los que forman ya parte de nuestro subconsciente colectivo, a la memoria de la humanidad.  Casablanca es un canto a la esperanza, a la confianza en el triunfo de la libertad frente a la barbarie.

Michael Curtiz, quien hoy en día es una leyenda, no fue más que otro director de prolífica carrera que no ha recibido el reconocimiento que se merecería por su legado al arte cinematográfico, como el de “The Adventures of Robin Hood” del 38, otra obra de arte.

De las tantas cosas que sobresalen en este tesoro, es su año de producción, algo que también la hizo mágica, en plena segunda guerra mundial, cuando todo se estaba por decidir. Nada más premonitorio en la historia del cine, que la humillación de los oficiales nazis, cuando sucumben al pueblo unido cantando La Marsellesa.

El guión es poesía pura, merecido Oscar, sobre todo los diálogos en los que aparecen Humphrey Bogart (Rick), son soberbios, de muy alto nivel, frases que te quedan para siempre.

Ingrid Bergman brillante, deslumbrante, hermosa, apoteósica, paradigma de esas actrices que aún eran actrices, que hace que superes el desprecio hacia su personaje y te enamores de ella.

El pianista Sam con su clásico “As Time Goes By“, es otra puta obra maestra cada vez que la toca en escena. Una química de puta madre con Bergman, creo que nunca vi algo así.

Lo que la hace una de las mejores películas de la historia es que cada aspecto, cada pequeño detalle detrás de ella es simplemente perfecto. Y es tan perfecto que no nos importan todos los demás films de su época de similares características, ni las que aún hoy intentan ponerse a su nivel.

Una haza, una joya guardada en tiempos de guerra, porque señores, puede que no volvamos a ver jamás una película como Casablanca.

Un conjunto actoral irrepetible (Bogart, Bergman, Henreid, Rains, Zakall), una puesta en escena de absoluta sobriedad; unos diálogos impecables, bien dotados de eficaz mordacidad; una canción: “As Time Goes By”, tocada y cantada por muchos, pero que sólo se desea en el piano y en la voz de Dooley Wilson; un choque de principios y nacionalismos que nos eriza la piel; y un romance tramposo y apasionado donde, contra todo, la libertad se asume como el ejercicio de lo que es correcto. 

Podrás ver cualquier crapeada en el cine, en éstas épocas apestadas en productos pochocleros empapados en CGI, de robots gigantes, y de super héroes, el cine podrá perder la esperanza, pero te ponés a pensar una milésima de segundo que existe Casablanca y te reconforta. Y quizás en los días finales el cine desaparezca, pero uno sabe muy bien que siempre nos quedará Casablanca, la Biblia del Séptimo Arte.