Citizen Kane‘ es posiblemente la película más importante de la historia del cine, por dos razones: consolidó el lenguaje cinematográfico que había hasta 1941 y abrió nuevos caminos en áreas tales como la profundidad de foco, la complejidad en el sonido, y la estructura narrativa. La otra razón es que se demostró la “teoría de autor” 25 años antes de que se definiera (por supuesto la teoría ya se había demostrado en el cine mudo). Era “una película de Orson Welles“.

Jugamos con dos imágenes de una misma persona. La que él intenta vender como ciudadano ejemplar comprometido con la lucha social y amante de sus amigos y familia… Y luego la real, la de una persona que poseía a las personas a la fuerza. No quería amigos, ni mujeres que le amasen, sino estatuas. Estatuas de arte que decorasen su vacía vida. Vacío que intentaba llenar cueste lo que cueste a base de bienes materiales o personas a su alrededor. 

Rosebud” fue la última palabra que Charles Foster Kane (Orson Welles) -un excéntrico millonario, dueño de una enorme mansión, de una cuantiosa colección de varias obras de arte de inimaginable valor, dueño de múltiples periódicos y señales de radio y con una vida privada bastante turbia- dijo en su lecho de muerte.

No podía ser otro que Bernard Herrmann para dar vida a su banda sonora que acompaña con magia cada escena.

Considero a Orson Welles como de los directores con más talento, un visionario que había arrasado en el teatro y que llegó a Hollywood para hacer lo mismo, un genio que no fue comprendido y aunque su obra es magnífica, no puedo imaginarme lo que hubiera alcanzado si hubiera tenido en todo momento las condiciones ideales para trabajar.

Welles plantea un argumento que nos hace enganchar, y nos lo muestra de tal manera que podríamos estar delante de una de las mejores películas de la historia del cine.

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