Disney ha violado a su Mary Poppins con ésta secuela que llega 50 mil años después, y que supuestamente iba a marcar una época o por lo menos tener cierto nivel como la original, pero no. Es toda una imitación barata de la versión del 64.

Y digo imitación porque cada 15 minutos hay una escena copiada. Tanto los personajes, como el caso del iluminador, como el viaje en la porcelana, o la flasheada de la bañera. Los pendejos, insoportables, las actuaciones, podríamos decir… decentes.

Y hablando de actuaciones, todo bien con Emily Blunt, me encanta como actriz, pero como Mary Poppins se re caga de hambre, es una sombra al lado de Julie Andrews, posta que a veces me daba gracia.

El argumento es muy artificial, deprimente, problemas de guita, y en esas dos horas y pico te encajan unas canciones que son todas olvidables.

Una cagada ésta secuela, sin alma y que seguro pasa sin pena ni gloria, porque además aburre, no veía las horas de que terminara. Algo para rescatar… los colores, muestra cierta luminosidad y carisma, aunque en su mayor tiempo es oscura. Nada que ver a la épica Mary Poppins de antaño.

Y ojo que éste tipo, el director, Rob Marshall es el responsable de The Little Mermaid, la viene crapeando desde 2011 con Pirates of the Caribbean: On Stranger Tides. En realidad, éste loco pegó un solo hit, Chicago, porque sus demás laburos han dejado bastante que desear.

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