La nueva peli de Ari Aster, director de la tremenda Hereditary nos trae otra de seas historias perturbadoras, pero a un nivel más terrenal, más convencional, utilizando un poder visual impactante, tanto en los colores como en los detalles, y hace recordar mucho a The Wicker Man de 1973.

Un grupo de amigos acuden al Midsommar, un festival de verano que se celebra cada 90 años en una aldea remota de Suecia. Un lugar en el que la noche no existe y que la convivencia con los aldeanos se convierte en un parto.

Tal como Hereditary, el tipo no te quiere provocar terror, sino inquietarte y acá lo vuelve a conseguir con su peculiar dirección y relato, una banda sonora turbia como la de Bobby Krlic de The Haxan Cloak, y te mete de lleno nuevamente con las sectas. Lo bueno es que el loco te detalle de manera científica, por así decirlo, el por qué de sus actos, y que depende del punto de vista que lo veas, es una cultura que pueda resultar horrorosa, ilegal, imperdonable, o una costumbre muy privada que viene desde una civilización antigua y en cierta manera, debe respetarse.

El ritmo de la peli puede gustar o no, son tres horas, pero recortadas a cine en dos horas y media, podrá ser confusa, en partes, pero el tipo tiene cierto talento narrativo que te termina hipnotizando y pegándote a la pantalla haciendo que el tiempo vuele.

De más está decir que muchos pueden salir decepcionados si buscan cierto terror de blockbuster o simplemente ver un guión lineal, o les parezca ‘rarita’, y más sino viste anteriormente Hereditary, y si no te gustó el laburo de Aster, entonces ni te gastes en ver a Midsommar porque te vas aburrir y la vas a terminar odiando.

Por último, márquenme a la protagonista, Florence Pugh, que tiene un papelazo y pinta re buena actriz para futuro.

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