El capo Lars von Tier vuelve a atacar y deja de culo a la crítica que está del lado de lo políticamente correcto, y además le mete el dedo en el papo a las tribus urbanas de lo moral, y a los posers.

Dicho esto, no estamos ante lo más sádico de von Tier, pero cumple, tiene suspenso, momentos bizarros, violencia, diálogos flasheros, y actuaciones de puta madre. En la década del 70. Seguimos a Jack (Matt Dillon) durante un período de 12 años, matando gente a dos manos, y se relata desde el punto de vista del protagonista, quien considera que cada uno de sus asesinatos es una obra de arte.

El director danés se vuelve a cagar en todos y hace lo que se le canta el choto, el protagonista es él mismo, porque Jack es von Trier y von Trier es Jack, y compara el crimen como arte porque ese es su cine.

Más allá de toda su filosofía, tenemos a un asesino serial el cuál no tuvo una infancia traumática ni un comportamiento represivo que lo llevó a ser el hdp como es, simplemente es un mortal que trata el arte y la arquitectura de otra manera.

Y al que le gusta bien, y al que no también… y genial cómo la come Uma Thurman, es de esos personajes que querés que mueran ya, y el danés te cumple ese deseo con creces. De hecho, todo a quién se cruza con Matt Dillon querés que muera, menos el genio y ya fallecido Bruno Ganz, que tiene un papel re fumeta.

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